Esta bitácora la inicié el mismo día, aunque ya eran las 10 de la noche, cuando recibí la orden de Roma para dirigirme con carácter a México, concretamente a la península de Yucatán, para evangelizar a los mayas que habían descubierto unos pocos días antes. Inicialmente pensé -mientras empacaba una sotana recién lavada y dos camisetas nuevas- que lo de carácter se debía a que tengo mucho de eso, pero leyendo más lentamente, entendí que era de carácter urgente que debía viajar. Así que no pasaron más de tres semanas cuando emprendí el viaje.
De Yucatán sabía que había sido lugar de residencia de los Mayas y que en los últimos años, era paso obligado de todo Huracán que se respete. Sabía que hablaban cientos de dialectos que llegaron a generar más de 40 lenguas diferentes (me refiero a los mayas, por supuesto, y no a los huracanes que no dicen nada pero que tampoco tienen pelos en la lengua), ¿cómo iba a comunicarme con ellos? Quizás en español que lo hablo may-o-menos bien. Así que con fe y optimismo me fui a conquistarlos.
Al llegar al aeropuerto de Mérida me estaba esperando el señor Humberto de la diócesis de Quito. Le dije: “¿Otto Humberto?” y el me respondió: “No, no soy Otto, soy el mismo de siempre”. Después de esa corta presentación y de mirarlo feo, nos dirigimos a un todo terreno para iniciar el viaje, donde yo debía entregarme a mi profesión.
Sabrán que estando en Yucatán no se puede dejar de ir a Cancún así que, después de rogarle a Humberto y prometerle una cajita de vino de consagrar de la parroquia, empecé mi peregrinación por allí. Cuando llegamos lo primero que vi ¡fue las mallas! Casi todas las mujeres mayas llevaban una –y las bueñas también- eso sí, tenían diferentes modelos y diferentes colores, unas bikini, otras tanga y muchas un hilito dental apenas (debe habérseles deshecho la tanga por la mala calidad de la industria textil maya). Las que no llevaban ninguna… no eran mayas, sino meños… inhibidas.
A medida que vieron mi sotana -sin medidas- mis sandalias -sin medias- mis cajitas de vino –a medias- corrieron a saludarme…medianamente, poniendo a prueba mi diccionario maya de bolsillo y mi habilidad para utilizarlo... medianamente.
- Bix a beel (¿cómo está tu camino?, que es un “¿cómo estás?” sin signos de interrogación porque los mayas no los utilizaban porque eran muy seguros en sus preguntas)
- Bien gracias, le dije en castellano puro y preciso.
- Bix a k’aaba’, me respondió.
- ¡Nooooo! si recién llego, todavía no voy a acabar, me apresuré a decirle. Y le pregunté cómo se llamaba, siguiendo paso a paso el Manual de Presentación de la Parroquia.
- María Guadalupe Gabriela Concepción de la Santísima Trinidad López, pero puede decirme Lupita. “Bix a k’aaba’” quiere decir en maya “¿Cómo se llama usted?”, padrecito…
- ¡Ah! bishacabá, bueno… ahora sé. Yo me llamo Farenas, pero puede decirme… ¿dónde puedo comprar un vaso de agua helada?
- Ha’ y Janal
- ¿Eso queda my lejos? Es que no sé las calles de este imperio.
- Padrecito… le pregunto que si agua y comida…
Una hora después y con la barriga llena y el corazón contento mi peregrinación continuaba.
Tiempo atrás, había leído sobre ciertos rituales sagrados en estas tierras y Humberto me aseguró con marcado acento húngaro, que los mayas ya no sacrificaban gente, me lo rejuró, lo que calmó un poco mi creciente nerviosismo puesto que algo así, podía romper cualquier intención de integración entre las diferentes culturas. Si confieso, además de evangelizarlos yo quería llevarme algo de ellos para la parroquia, oro o piedras preciosas por ejemplo, en un gesto de buena voluntad por supuesto. A cambio, les dejaría yo de recuerdo una estampa de San Farenas, con la que postulé el año pasado a ese título y que como algunos saben, fue rechazada con laureles y palmas.
Yo buscaba la fórmula para fabricar el balché, por ejemplo, que era el “vino maya”, que bebían en las más importantes ceremonias, por lo que podría quizás, algunas veces, sustituir el vino por esa bebida fermentada con cierto grado alcohólico. Todo en aras del intercambio cultural, nada más, que conste. Total, sólo era cuestión de llevarme a mi regreso unas cortezas del árbol de su mismo nombre y agregarle agua y miel argentinas.
Fuimos directamente a Chichén Itzá a ver la pirámide de Kukulcán, pero la verdad es que me desilusioné al llegar. No era un hotel y no tenían piscina tampoco. No me extrañó que los mayas se hubieran ido de allí, porque tampoco vi que estuviera abierta al público, ni casas cerca y como si fuera poco… ¡todo estaba en ruinas!
Le dije en voz baja a Otto, que si allí había algún maya estaría loco de remate. El maya, no yo, dejo eso en claro.
Bendiciones de fin de primera parte. La continuación se podrá leer algún día, siempre y cuando Humberto no me haya engañado con aquello de los sacrificios. Bendiciones.
Dedicada a mi amigo y hermano S@gc



















































